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Aterricé en América por primera vez en 1991. Viajaba a Quito como consejero de una fundación promovida por empresarios españoles y suizos. Su proyecto cardinal era un centro de formación para muchachos con limitaciones físicas o psíquicas. En dos años se les habilitaba para un oficio que les ayudara a ganarse la vida: tejer, elaborar pan, fabricar tejas…

Javier Fernández Aguado explica que en El encuentro de cuatro imperios ofrece información contrastada de los estilos de gobierno de las tres culturas prehispánicas más trilladas con objetivo es aprender para mejorar el management de personas y… Clic para tuitear

Desde entonces he regresado a ese continente en docenas de ocasiones para impartir conferencias multitudinarias, dirigir sesiones de trabajo para comités de dirección, asesorar a mercantiles, entidades no lucrativas y gobiernos, impartir cursos de doctorado, formar profesores universitarios, etc. Desde Canadá y EE. UU. a Argentina y Chile, he recorrido la práctica totalidad de los países.

A lo largo de tres décadas he visitado en diversas oportunidades desde la ciudad maya de Tikal, o San Miguel, en las orillas del lago de Atitlán (Guatemala), a la zona arqueológica inca de Pachacámac (Perú), pasando por Campeche o Comalcalco (México), cerca de la ciudad de Villahermosa, por no hablar de Teotihuacán (junto a ciudad de México), el museo de las abrumadoras cabezas olmecas (Veracruz), el del oro en Bogotá en sus sucesivas ubicaciones, el antropológico (Santiago de Chile) y en reiteradas ocasiones Tenochtitlán (junto al zócalo, en la capital mexicana), en sus progresivas fases.

Me he engolfado en las estancias del arqueológico de México, del etnográfico de Roma y en las del de Guatemala o en el Larco (Lima). Sin olvidar el Museo Arqueológico de Madrid y el de América, también en la capital de España, y enclaves como San Juan de Uluá (Veracruz) e innumerables lugares más referenciados en mi nueva investigación, incluidos minas de otro o los palacios que hizo construir el redomado barbián Hernán Cortés para la pizpireta Malinche en Veracruz y Cuernavaca.

Ni la Malinche, ni los tlaxcaltecas, ni los otomíes, ni los totonacas, ni el resto de tribus de mesoamérica acopiaban una conciencia indígena que les inclinara a considerar que los españoles eran los primordiales enemigos. Para la mayoría, el pueblo hostil eran los aztecas. Algunos obraron como tamemes a la fuerza, la mayoría, con la mejor de las voluntades. Entre otras descripciones, Bernal Díaz del Castillo recuerda los agravios de los mexicas que digerían los de Guacachula: les robaban las mantas y maíz e gallinas y joyas de oro, y sobre todo las hijas y mujeres, si eran hermosas, y (…) las forzaban delante de sus maridos y padres y parientes.

El conocimiento en profundidad de esas civilizaciones me ha imantado, suscitando en mí una inagotable fascinación. Tanto quienes las ensalzan fanáticamente como quienes las denigran bravíamente exhiben vesania. En El encuentro de cuatro imperios ofrezco información contrastada de los estilos de gobierno de las tres culturas prehispánicas más trilladas -incas, mayas y aztecas- y de la propia España en aquel continente. El objetivo es aprender para mejorar el management de personas y organizaciones contemporáneas. Estoy más cercano a ser un raciovitalista que un escolástico.

La fagocitación de América por parte de España la realizaron en buena medida los aborígenes. La independencia la culminaron los españoles. A su llegada, los europeos intervinieron en guerras civiles activas o menearon rescoldos consecuencia de las imposiciones de unos sobre otros. Plantear 500 años después de la llegada de Colón una colisión entre valores occidentales y una pureza indígena revela una estafa ideológica ornada por espurias camarillas con comparsas intelectualoides con indigencia reflexiva.

En el caso del anchuroso imperio andino, menos de cien mil ciudadanos, los incas, aplicaban inmisericordemente sus criterios sobre más de diez millones. La totalidad de los emperadores incaicos hubiera pronunciado con convencimiento la expresión de Luis XV: el estado soy yo. Les hubiera gustado señalar, como a tantos presuntos demócratas, lo que el comunistoide (sic) Hitler aseveraba: no importa que los demás tengan o sean algo, porque al ser todos míos yo soy su último propietario. En el caso del imperio incaico, dos millones de individuos sojuzgados abonaban en concepto de impuestos un trimestre de trabajo al año. Cuando llegaron los españoles, el imperio se derrumbó como un castillo de naipes. 

¿Cómo olvidar, por ejemplo, la crueldad de un encanallado Atahualpa que, entre innumerables lindezas, ordenó ejecutar a un batallón de soldados en Cajamarca porque habían mostrado prevención ante los inéditos alazanes de los chapetones? Sin soslayar que las civilizaciones previas a las incas realizaron construcciones dirigidas a mejorar la agricultura y destacaron en arquitectura ceremonial en una época semejante a la de los egipcios con sus mastabas, todo en torno al año 3000 a. C.

Entre las múltiples manifestaciones de que el objetivo principal era la evangelización destaca que cuando se introdujo la imprenta en América, los primeros tratados fueron de espiritualidad. La labor misional fue encomendada principalmente al clero regular: mercedarios (1493), jerónimos (1498), franciscanos (1524), dominicos (1526), carmelitas (1527), agustinos (1533)… Posteriormente se incorporaron los jesuitas (1549), los carmelitas descalzos (1585) o los agustinos recoletos (1604). Para hacerse una idea de la expansión: los franciscanos disponían en 1559 de 80 casas en América con casi cuatrocientos efectivos. Antes de acabar el siglo XVI, los conventos eran 166. Durante tres siglos, entre quince mil y veinte mil religiosos llegaron a América procedentes en esencia de España. También, en exiguas proporciones, de Portugal, Italia o Francia.

En 1535 se publicó el que es con toda probabilidad el primer libro impreso en tierras americanas: Escala espiritual para llegar al cielo, de San Juan Clímaco. De la misma tipografía surgieron la Doctrina de fray Toribio y el Catecismo mexicano de Fray Juan Rivas, ambos de 1537. En el otro extremo del mundo, en las islas Filipinas, la primera rotativa se estableció en Binondo, cerca de Manila, en 1593. Ese año vio la luz el texto Doctrina cristiana en lengua española y tagala. El primer tipógrafo de las islas fue el chino cristiano Juan de Vera.

Quien lo desee puede, pues, engolfarse en El encuentro de cuatro imperios, tres americanos y uno europeo. Se produjeron interacciones, con embeleso mutuo, no exentas de desencuentros.

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Javier Fernández Aguado (Madrid, 1961), tras años de trabajo como Alto Directivo y luego como empresario, es en la actualidad Director de la Cátedra de Management Fundación la Caixa en IE University, Socio Director de MindValue y director de investigación de EUCIM. Doctor Economía por la Universidad Complutense (1996) (premio nacional J.A. Artigas de Ciencias Sociales), ha publicado sesenta libros sobre Gobierno de Organizaciones y Creación de Empresa (la mitad de ellos en colaboración). Entre otros: Roma, escuela de directivos; El idioma del liderazgo; Patologías en las organizaciones; El management del III Reich; Liderar en un mundo imperfecto, Jesuitas, liderar talento libre o 2000 años liderando equipos. Su trabajo de formación y asesoramiento ha sido solicitado por quinientas organizaciones de cincuenta países. Ha vivido diez años en Italia, EE. UU., Gran Bretaña, Suiza, Bélgica, República Checa, etc. Ha recibido, entre otros galardones, el premio a Mejor Asesor de Alta Dirección y Conferenciante, en 2014. En 2015, el Micro de Oro a mejor conferenciante de Economía y Empresa. En 2016 el premio a Creación de valor en proyectos de alta dirección (Ejecutivos). En 2017 el premio Autoritas del Management (ECOFIN). En 2018, el premio Faro de Líderes “José María López Puertas” (CEDERED).