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Tal como detallo en mi reciente obra El encuentro de cuatro imperios (Kolima, 2022), tras diversos avatares, incluida la huida de Cuba antes de que Velázquez pudiera tascar el freno, Cortés acabó en Potonchán, asentamiento dedicado a la pesca, junto con un modesto equipo entre los que se incluían treinta ballesteros, doce arcabuceros, catorce culebrinas y escasos cañones broncíneos. Cortés y sus hombres emplearon cuerdas y poleas para desembarcar las dieciséis monturas cuya existencia los indígenas desconocían. Era marzo de 1519. En la enseña, de fondo blanca y azul descollaba una cruz colorada, con la leyenda: Amici, sequamur crucem, si nos fidem habemus vere in hoc signo vincemus, amigos, sigamos la cruz, que si tenemos fe verdadera en este signo triunfaremos.

El arcabuz no era, por cierto, el bálsamo de fierabrás en las batallas. Implicaba una carrera de obstáculos en un entorno inhóspito. Se cargaba por la boca con pólvora para introducir la bola de plomo y atacarla con la baqueta. Se disponía candela en la mecha y se cebaba con pajuela el punto de fuego. La chispa generada se franqueaba de unos a otros. Todo preparado, se estribaba el arcabuz en la horqueta, se ajustaba al hombro y se alistaba. El tirascazo podía pujante.

Hernán Cortés, poseedor de una formación jurídica y económica para nada desdeñable, diseñó una política retributiva. Como empresario independiente de hecho, porque de derecho seguía dependiendo de Velázquez, indicó que, a los argonautas y menestrales, fuera de la aventura en sentido estricto, se les pagaran salarios regulares. Los soldados no percibían soldada, sino un porcentaje del botín. Conforme a los usos de la época, de lo obtenido se apartaba un quinto para el rey. En el convenio que el aún precarista Cortés impulsó en el Cabildo de Veracruz en 1519, impuso otro quinto para sí mismo. Esa decisión encendió resquemores y acervas críticas. El resto se repartía entre los militares con proporciones no siempre cabales. Tanto durante los preparativos como en los años de guerra, el capitán-empresario se hacía cargo de la comida, armas y curación de los suyos; en ocasiones, adquiría caballos y se ocupaba de herrajes y aperos. Las naves y aparejos, así como el armamento mayor, corrían de cuenta del emprendedor.

Hernán Cortes fue caballero de contrastes: pendenciero, acopiaba valentía, desparpajo, alma emprendedora, ambición, ilusiones desbordadas, cordialidad; era paternalista, escurridizo, chabacano y matasiete. Sus acicates forman un mejunje sin un amojonamiento estricto. Lo sublime y lo rastrero fueron limítrofes. Anudó en su existencia magnánimas venturas e inescudriñables dislates. Siempre que era viable, antes de entrar en batalla asistía a misa o imploraba ante la cruz o frente a una imagen de la Virgen.

Entre las múltiples características atribuibles a Cortés se encuentra la de una magna capacidad de visión periférica, que sólo se diluiría en sus últimos años. George S. Day y Paul J.H. Schoemaker hubieran hecho bien en analizar la toma de decisiones del héroe español cuando escribieron su magnífico libro con ese acertado título.

El licenciado Juan Díaz y el mercedario Bartolomé de Olmedo, leal acompañante de Cortés, se emplearon a fondo para que los pobladores de Cozumel se avinieran a demoler ídolos. Los indígenas clamaron que, si se ejecutaba lo que consideraban tropelía, sus dioses arrojarían rayos. El leal mercedario Olmedo parlamentó con Pánfilo de Narváez para informar luego a Cortés y propuso al ingenuo Narváez que hiciera una demostración de su poderío en una inútil parada militar para que sus hombres se cansasen en la víspera del irrevocable enfrentamiento. Sembró de sobornos a los responsables de la artillería panfilista, lo que facilitaría el triunfo de su patrón.

La habilidad de innovar del extremeño era portentosa, reinventándose de continuo. Un ejemplo distintivo sucedió cuando le llegó la noticia, apenas aludida, de que su antiguo patrón, Velázquez, conspiraba contra él. Había enviado para capturarle diecinueve barcos con más de ochocientos soldados, ochenta jinetes, ciento veinte ballesteros y ochenta arcabuceros. El ejército estaba dirigido por Pánfilo de Narváez, a quien se le ordenó devolver a Cortés engrilletado a Cuba. Este galvanizó una fuerza de doscientos cuarenta hombres y salió de Tenochtitlán. Emboscó el campamento enemigo a altas horas de la noche, remitiendo al jefe preso a Veracruz. Pánfilo de Narváez había pecado de una arrogancia montaraz que le había llevado a desoír al centinela que había escapado de la encerrona de Cortés. Si hubiera sido un líder, no habría hecho caso omiso y el suceso hubiera discurrido por otros cauces. Cortés, al cabo, empleó el talento de orador para seducirlos con la riqueza azteca, por lo que se unieron a sus fuerzas y lo siguieron a la capital mexica.

Previendo la llegada de hombres de Velázquez, Cortés había consumado con antelación un plan para mofarse de la autoridad sin salirse formalmente de la ley. Había convocado a sus fieles para arengarles que debían convencer a los demás para que clamasen por la fundación de una villa. Al erigir un concejo, escamoteaban la autoridad de Velázquez. Solo rendirían cuentas ante el soberano español. La nueva urbe quedaría fuera de la jurisdicción de Cuba. Le resultó andadero persuadirlos. Pocos días después, la tropa hipaba por la fundación. Fueron con la propuesta a Cortés. Fingió el paripé de la resistencia precisa para que, en un hipotético futuro juicio, confesasen que había cedido contra su voluntad y solo por evitar un motín. Firmaron 344 personas, según el minucioso estudio elaborado por María del Carmen Martínez Martínez. El capitán Francisco de Montejo y el piloto Alaminos identificaron la ubicación. Bautizaron el enclave como Villa Rica de la Vera Cruz. Así nació la porteña Veracruz. Fueron nombrados regidores Pedro de Alvarado, Alonso de Ávila, Alonso de Grado y Cristóbal de Olid. Montejo fue nombrado alcalde in absentia. A su llegada, Cortés ya había sido ensalzado como capitán general. Al principio, fueron solo escasas chozas sellando la plaza mayor en la que se erigía una cruz y una picota. Por el mero acto de su fundación, Veracruz se transformó en un municipio español, como Trujillo o Sevilla. Juan Álvarez, nombrado alguacil en Veracruz, vomitaría sapos y culebras contra Cortés, desvelando la martingala.

En las mañas de Cortés se iluminó Pedro de Valdivia para urdir un proceso semejante en Chile, años más tarde.

Sobre estas cuestiones mucho más podrá encontrar el interesado en El encuentro de cuatro imperios.

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Javier Fernández Aguado (Madrid, 1961), tras años de trabajo como Alto Directivo y luego como empresario, es en la actualidad Director de la Cátedra de Management Fundación la Caixa en IE University, Socio Director de MindValue y director de investigación de EUCIM. Doctor Economía por la Universidad Complutense (1996) (premio nacional J.A. Artigas de Ciencias Sociales), ha publicado sesenta libros sobre Gobierno de Organizaciones y Creación de Empresa (la mitad de ellos en colaboración). Entre otros: Roma, escuela de directivos; El idioma del liderazgo; Patologías en las organizaciones; El management del III Reich; Liderar en un mundo imperfecto, Jesuitas, liderar talento libre o 2000 años liderando equipos. Su trabajo de formación y asesoramiento ha sido solicitado por quinientas organizaciones de cincuenta países. Ha vivido diez años en Italia, EE. UU., Gran Bretaña, Suiza, Bélgica, República Checa, etc. Ha recibido, entre otros galardones, el premio a Mejor Asesor de Alta Dirección y Conferenciante, en 2014. En 2015, el Micro de Oro a mejor conferenciante de Economía y Empresa. En 2016 el premio a Creación de valor en proyectos de alta dirección (Ejecutivos). En 2017 el premio Autoritas del Management (ECOFIN). En 2018, el premio Faro de Líderes “José María López Puertas” (CEDERED).