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Muchos contemplamos atónitos el risible espectáculo directivo en diversos países, incluidos algunos fantoches que requieren a sus ancestros de hace cinco siglos reparaciones por presuntos desafueros. Manifiestan su duplicada y contumaz ignorancia y torpeza equivocando la mirada y reclamando con inquina solicitudes de clemencia a quienes se quedaron en España. ¿Y qué decir de los timoneles de este lado del charco que carentes de cimientos profesionales y de recato se empecinan en reabrir heridas tiempo atrás cicatrizadas? Todo, por el ridículo afán de mantenerse en su enmoquetado pináculo, aunque sirvan para poco más que para escarnio del sentido común y la decencia.

Javier Fernández Aguado analiza la importancia de gobernar con rigor y ética y saber retirarse a tiempo en procesos de liderazgo. Clic para tuitear

Cobra relevancia el apotegma nolentibus datur (el poder debe entregarse a quienes no lo ansían), que esboza lo beneficioso que es seleccionar cabecillas entre quienes no ambicionan presuntuoso lucimiento.  El motivo fue bosquejado hace siglos por uno de los mejores y menos conocidos expertos en formación de directivos. Juan Crisóstomo (347-407) delataba descriptivamente el efecto afrodisiaco del poder: “Quien goza de autoridad es como quien tuviera que vivir en compañía de una muchacha joven y hermosa con orden de no mirarla jamás con ojos lascivos. Tal es la autoridad. Por eso a muchos les ha precipitado la soberbia, los ha incitado a la ira, les ha hecho soltar el freno de la lengua”.

Al contemplar el panorama en una urgencia pandémica, la duda es si reír o llorar. La inclinación primera es desternillarse al contemplar a parejas, o ménage à trois, de insolentes iletrados cuya única encopetada capacidad es la amatoria o el canto de panegíricos ante un pétreo líder solemnizando ante las cámaras con atroz impudor y pomposas expresiones sandeces que en el mejor de los casos sólo implican despilfarro de caudales que no son suyos, sino nuestros. Bufones, en fin, de una costosísima sesión del Club de la Comedia. La otra alternativa es gimotear, porque chisgarabís mamporreros tratan de demoler con desfachatez instituciones que ha costado sangre, sudor y lágrimas ir erigiendo.

Frente a roba-tesis flaqueados por insidiosos individuos que deberían lavar sus desmañadas greñas, aprender a presentarse en público y pensar antes de desatar su viperina lengua, brillan personajes sublimes como Joseph Ratzinger, a quien he dedicado un capítulo en el reciente libro 2000 años liderando equipos.

Calificado como el Panzerkardinal, el cardenal pánzer, tanto por su origen alemán como por su conjeturada severidad con los disidentes, Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Markt (Alemania). El entorno en el que llegó -la república de Weimar y el crack del 29- era complejo, con altos porcentajes de desempleo, hambrunas, epidemias y una conflagración entre dos totalitarismos tan semejantes como paredaños -comunismo y nazismo- que acabará desencadenando la II Guerra Mundial.

Muchos docentes de su colegio se negaron a plegarse a los nazis. Un profesor se permitió la arriesgada chanza de cambiar en una canción la expresión Juda den Tod (muerte al judío) por Wende die Not (haz de la necesidad virtud).

Durante la II Guerra Mundial fue forzado a integrarse en el servicio antiaéreo, del que fue licenciado el 10 de septiembre de 1944. Fue asignado a un campamento en el límite de Austria con Hungría y Checoslovaquia. Los responsables eran miembros de la radicalizada legión austriaca. Una noche les atormentaron haciéndoles permanecer al aire libre y en pie para que se enrolaran en la Schutzstaffel, unidad paramilitar del partido nazi. Varios refirieron que aspiraban a ser sacerdotes católicos. La valiente declaración les mereció recochineo de los carroñeros de las SS.

Regresó a los estudios. Conoció en profundidad a Martin Buber. Reconoció Ratzinger que la formación teológica y filosófica en Alemania era racional y poco afectiva, no exenta de un complejo de superioridad, rayano con el supremacismo sobre los calificados de abajo, los de Roma.

El profesor Michael Schmaus (1897-1993) le amenazó con una negativa calificación para la habilitación como profesor. El problema había surgido por unos comentarios contra la doctrina de quien iba a juzgarle. La excusa para encubrir aquello que Schmaus había tomado como afrenta personal fue un problema conceptual, difundiendo que Ratzinger estaba impregnado por el modernismo. Con trabajo y humildad, el futuro papa reencauzó la contradicción.

Como acaece frecuentemente con los estudiosos, no fue hombre de gobierno. Incluso el puesto de decano se le había hecho cuesta arriba. Con más motivo el de obispo, que en vano procuró evitar. El siguiente paso fue asumir el cargo de prefecto de la Doctrina de la fe. No le faltaron disgustos con los teólogos que habían propugnado la conocida como teología de la liberación, que obnubiló a tantos para luego dejar profundas desilusiones.

Muchos forjaron la gollería de que la religión es un instrumento para conseguir la libertad política o para la conservación del medio ambiente. Este reduccionismo es letal. Se agregó un feminismo radical con una visión parcial que puede hacer más daño que bien, tal como he mostrado junto a Lourdes Molinero en La sociedad que no amaba a las mujeres (LID). Clamó el propio Ratzinger, “el elemento cósmico (la madre tierra) de este renacimiento de antiguas religiones hace clara alusión a las tendencias del New Age, que aspira a la amalgama de todas las religiones y al nuevo sincretismo del hombre con el cosmos”. Cuando se considera plausible e imperioso que el cristianismo se vuelque en solucionar problemas puntuales, se altera su raíz, que pierde consistencia en sus aspectos etéreos y también en los tangibles.

Al fallecer el papa polaco, Ratzinger fue elevado al solio pontificio como Benedicto XVI. Era el 19 de abril de 2005. Con un gesto de humildad que agiganta su figura, dimitió el 11 de febrero de 2013. Lo comunicó en un consistorio: “He llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a mi avanzada edad, no se adecúan por más tiempo al ejercicio del ministerio petrino. Con total liberad declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma y sucesor de Pedro”. Había hallado una Curia en la que frente a quienes cumplían su deber algunos ansiaban enriquecerse; muchos vivían sus compromisos, incluido el celibato, pero otros visitaban tugurios, o creaban grupos de actividades contra natura. Optó por dejar paso a otro que tuviese más ímpetus para solventar tanto infortunio.

Su antecedente más directo es Celestino V, analizado también en 2000 años liderando equipos. Benedicto XVI contaba ochenta y cinco años, y ocho de un pontificado para nada andadero. Abandonó el Vaticano esa misma tarde camino de Castel Gandolfo, donde se instaló provisionalmente.

¡Cuántos directivos, sobre todo en empresa familiar, deberían aprender de su ejemplo!

Entre las múltiples enseñanzas de ese cíclope del pensamiento, anoto las siguientes:

1.- Es ineludible dedicar tiempo y esfuerzo para aprender a gobernar.

2.- Una gran valía intelectual no implica ser apto para manejar la batuta.

3.- El paso del tiempo ayuda a contemplar la realidad con mayor perspectiva.

4.- Quien de joven no ha tenido ansias de cambiarlo todo no tiene corazón.

5.- Quien de mayor sigue empeñado en modificarlo todo carece de cabeza.

6.- La historia ha de ser comprendida en las microhistorias que la justifican.

7.- El supremacismo es muestra de escasas inteligencia y visión global.

8.- Somos jóvenes mientras vivimos proyectados al futuro con ilusiones que cumplir.

9.- La independencia intelectual es rara avis, la presión del ambiente sólo deja indemnes a los héroes.

10.- Dar un paso atrás manifiesta en ocasiones más osadía que permanecer en un puesto que plantea exigencias que no pueden atenderse.

Comparar a un genial y humilde Ratzinger con la caterva referida al comienzo de estas líneas muestra que la genialidad y la miseria intelectual obtienen resultados muy diferentes, aunque la palabrería huera de algunos lo vele para los cazurros.